Traducido por Ma. José Torres, traductora de CrepusculoChile.com

Nota de Stephenie: Este pedazo fue cortado del epílogo original. A pesar de que voy a explicar brevemente la historia de Emmett en el capítulo 14 “Mente sobre materia”, en verdad extraño no contarlo de forma detallada con sus propias palabras.
Emmett y el Oso
Me sorprendí al encontrar creciendo un parentesco entre Emmett y yo, especialmente desde que fue alguna vez para mí, el más espantoso de todos ellos. Tenía que ver en cómo ambos fuimos escogidos para unirnos a la familia; ambos fuimos amados, y nosotros también les amábamos, mientras éramos humanos, a pesar de que fue muy breve para él. Emmett solo recordaba. Él era el único entendía el milagro que Edward me había dejado.
Hablamos sobre eso por primera vez una noche mientras holgazaneábamos en los ligeros sillones del salón principal, Emmett calladamente me entretenía con recuerdos que eran mejores que los cuentos de hadas, mientras Edward se concentraba en el canal de comida. Había decidido que debía aprender a cocinar, para mi incredulidad, y estaba intentando hacerlo sin tener que oler ni probar la comida. Después de todo, había algo que no venía naturalmente de él. Su ceño se fruncía mientras el célebre chef condimentaba otro plato de acuerdo al sabor. Reprimí una sonrisa.
—Él estaba terminando de jugar conmigo ahí, y sabía que iba a morir – recordó Emmett suavemente, terminando el cuento de sus años humanos con la historia del oso. Edward no nos prestaba atención; ya lo había escuchado antes. – No me podía mover, y mi consciencia se estaba yendo, cuando escuché algo que me hizo pensar que era otro oso. Supuse que era una pelea por quien conseguiría mi cadáver. De pronto sentí que estaba volando. Creí que había muerto, traté de abrir mis ojos de cualquier manera. Y entonces la vi, su cara era increíble en mi memoria; me gustó enseguida, y supe que estaba muerto. Ni siquiera me importaba el dolor, intenté mantener mis ojos abiertos, no quería perderme ni por un segundo la cara del ángel. Estaba delirando, por supuesto, preguntándome por qué no habíamos llegado al cielo aún, pensando que debía estar más lejos de lo que creía. Esperé a que ella tomara vuelo, y entonces me trajo a Dios-. Él rió profundamente para luego dar paso a su explosiva risa. Pude comprender fácilmente su suposición.
—Creí que lo que pasó luego era por mi juicio. Tuve un poco de mucha diversión en mis veinte años humanos, así que no me sorprendieron las llamas del infierno -. Rió de nuevo, a pesar de que yo temblé; los brazos de Edward se apretaron a mi alrededor inconscientemente. – Qué sorpresa la mía cuando vi que el ángel no se había ido. No podía entender como algo tan hermoso tuviera permitido quedarse en el infierno conmigo, pero estaba agradecido. Cada cierto tiempo Dios venía a verme, tenía miedo de que se la llevara pero nunca lo hizo. Empecé a pensar que quizás esos que predicaban acerca de un Dios misericordioso tenían razón después de todo. Y entonces el dolor se fue…y me explicaron todo. Se sorprendieron con lo poco que me turbó el asunto de los vampiros. Pero si Carlisle y Rosalie, mi ángel, eran vampiros, ¿qué tan malo podía ser? -. Yo asentí completamente de acuerdo mientras continuaba. – Tuve un poco más de problemas con las reglas…- se rió en silencio. – Estuviste muy ocupado preocupándote por mí al principio, ¿no? – Emmett le dio un codazo juguetón al hombro de Edward logrando mecernos a ambos.
Edward resopló sin apartar la vista de la televisión.
—Así que verás, el infierno no es tan malo si tienes un ángel contigo – me aseguró. – Cuando acepte lo inevitable, vas a estar bien -.
El puño de Edward se movió tan suavemente por la parte de atrás del sillón, que no me di cuenta qué era lo que había golpeado a Emmett. Los ojos de Edward no dejaron nunca la pantalla.
—¡Edward! – le regañó horrorizada.
—No te preocupes, Bella – Emmett estaba tranquilo de vuelta en su asiento. –Sé dónde encontrarlo -. Miró por encima de mí el perfil de Edward. –Tienes que dejarla alguna vez – le amenazó. Edward simplemente gruñó en respuesta sin mirarlo.
—¡Chicos! –llamó la voz reprobatoria de Esme bruscamente mientras bajaba las escaleras.
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